Una parte importante de la derecha chilena mira con espanto y horror, la “traición” a los principios del sector, que significaría la reforma tributaria anunciada por el Gobierno.
Son las mismas voces que en la década pasada decían que si se aprobaba una Ley de Protección al Consumidor (aunque no lo crean, ésta solo existe en Chile desde 1997, con la ley 19.496, sobre la que nace el Servicio Nacional del Consumidor) las empresas chilenas iban a colapsar en masa y que era innecesaria, porque más y mejor competencia era la más eficaz protección que un consumidor podía tener.
El tiempo, ¿a quién le dio la razón?
La derecha chilena vive algunas veces en una realidad casi esquizofrénica. Defiende a ultranza el dogmatismo y el principismo en materias que no son ni dogma ni principios y, por el contrario, se mueve en la casi total indiferencia en materias que sí son de principios, como la actual lucha cultural y valórica en que se en encuentra la sociedad chilena, desatada desde hace varios años.
Claro ejemplo es la aprobación de la Ley Antidiscriminación en los términos amplísimos en que quedó y sobre la cual, gran parte de la derecha chilena ni se inmutó y menos se comprometió.
Sin embargo, mi buen ciudadano de derecha pega un verdadero grito en el cielo cuando le tocan el bolsillo. Cuando se trata de pesos más y pesos menos, no hay dos discursos, la consigna es “¡A morir luchando!”.
Con razón Octavio Paz señalaba que la derecha no tenía ideas, solo intereses.
Es así, como por más que he revisado mis viejos apuntes y lecturas que han configurado mi pensamiento de centroderecha, no he logrado encontrar en ninguno de ellos que sea un tema de “principios” el que el impuesto de primera categoría sea 18% y no 20%.
Por lo demás, y según lo señalan todos los especialistas en la materia, el fuerte de nuestro atractivo como país para invertir, no es que tengamos una tasa del 18%, sino que la estabilidad institucional y la responsabilidad fiscal que hemos demostrado.
Por otra parte, es importante que la derecha haga un análisis de oportunidad política sobre la discusión tributaria, pues el tema de la reforma ya está instalado en la opinión pública.
Si postergamos esta discusión tributaria, simplemente la tendremos en medio de las próximas elecciones presidenciales e inevitablemente terminaremos bailando la danza del populismo, propio de la izquierda en estas materias: ¡Quién pide más¡ 20, 21, 22%… ¿Quién da más?
Está bien rechazar la intromisión excesiva del Estado en la economía (soy un ferviente defensor de la economía de mercado), pero después de 30 años de economía de mercado, y que ha sido parte fundamental del éxito que hemos tenido como país, debemos necesariamente haber aprendido también que el mercado no es perfecto, no es infalible y que requiere de una acción estatal eficaz.
Como sector político, la derecha debe evolucionar de verdad, en profundizar el conocimiento de lo que realmente sirve o no, en nuestra realidad económica. La historia nos ha demostrado que no existen recetas únicas o mágicas, aplicables como formula única en todos los países.
No podemos ser los seguidores del manual de economía, como tampoco los seguidores de ciertos Premios Nobel, por la sencilla razón de que la sociedad no es una sala de clases y tampoco un laboratorio.
Somos políticos, por tanto, con capacidad de discernir qué funciona y qué no funciona en el mundo real del día a día en nuestro país, lo cual sí es casi un principio de la derecha como sector político: me refiero al principio de la realidad.
Históricamente, la derecha como sector político intenta mejorar el mundo a partir de lo que hay y se puede hacer; tratamos de levantar la realidad, a diferencia de la izquierda que siempre se embriaga en la utopía y pretende destruir la realidad por la “fuerza” de la ideología.
La derecha chilena, en la discusión de la presente reforma tributaria, tiene una oportunidad histórica de demostrar al país que nuestra primera preocupación es la sociedad en su conjunto y no sólo los intereses de algunos.



